UN ROSTRO EN LA MULTITUD.-

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SALTA, SÁBADO 28 DE JUNIO DE 2008.-

SEMANARIO “REDACCIÓN”.-

ENTRE COLUMNAS.-

UN ROSTRO EN LA MULTITUD.-

Por Marcelo O´Connor.-

 

Elia Kazan (1909 – 2003) fue un importante director de cine. En su haber tiene grandes películas como “Al este del paraíso”, “Un tranvía llamado deseo”, “¡Viva Zapata!”, “Nido de ratas” o “Baby Doll”. Como cuando el macartismo se quebró delatando a sus viejos camaradas, la izquierda lo desprecia. A su vez, el pensamiento de derecha no lo acepta por el contenido socialmente crítico de su obra.

En 1957 realizó “Un rostro en la multitud” (“A face in the crowd”), sobre cómo la televisión fabrica e inventa a un artista del montón hasta convertirlo en un ídolo popular y, de la misma manera, lo sepulta en el olvido. Curiosamente, el actor real, protagonista de ese solo film, corrió una suerte similar al de la historia. Poco más o menos, con la imprecisión de la memoria de algo visto (y no vuelto a ver) hace cincuenta años, ese es el tema.

Que esa trama no es una pura ficción, se demuestra en la realidad que hoy padecemos. Cuando deviene una crisis profunda, nuestros medios masivos de comunicación, que son todos conservadores, inventan un personaje. El mito del hombre común. Un analfabeto político, como los califica Bertold Brecht, que se jacta de no entender ni importarle la política, menester reservado a deshonestos. Los analfabetos del idioma se avergüenzan de ello; el analfabeto político, en cambio, está orgulloso de su falla, considerada una virtud. El sólo es sensato, honesto y trabajador.

¿Por qué hace esto la derecha? Porque aquí no tiene (nunca tuvo) un partido político: están en todos y le basta con los sectores económicos. Y porque los referentes con los que puede contar (Carrió o Macri), son nulidades lamentables, incapaces de capitalizar nada.

Cuando el tema de la seguridad preocupó seriamente a la población, inventaron a Blumberg. La televisión y los diarios le dieron un espacio inusual. Había sufrido en carne propia, como tantos otros, la violencia delictiva. Su dolor, real, lo protegía de las críticas y nadie se animaba a reprobarlo. Juntó muchedumbres y armó todo un movimiento. Hasta que, convencido de la importancia que le habían dado, despertó a la ambición política. Ahí descubrieron que no era ingeniero, le apagaron súbitamente los reflectores y su rostro volvió a la multitud.

Ahora, con la llamada crisis del campo, una nueva estrella brilla en el firmamento: Alfredo De Angelis. Durante cien días las cámaras de la televisión registraron sus incendiarios discursos, llenos de lugares comunes y modismos camperos. Personaje ideal: poco instruido, campechano, gringo, presunto chacarero que se levanta al alba a matear y arar. Si la realidad es otra, no importa. Si hablaba la Presidenta o un ministro, la cámara simultáneamente registraba sus gestos desaprobatorios o risas sardónicas. Si alguien lo refuta, él es sólo “un gringo chacarero” y no entiende “esas cosas de doctores”. Es decir, se hace “el michi”.

El destino de estos figurones es el del marido de la degollada, cuento que ya he contado. Resulta que una mujer es degollada, crimen que conmueve a la población. Los diarios, la televisión, las radios, entrevistan repetidamente al marido de la víctima, quien expone su dolor y conjetura sobre la posible autoría del hecho. Deslumbrado por su súbita popularidad, se acostumbra a ella. Todo el mundo lo reconoce, saliendo de la vida gris que tenía. Como ya es figura conocida, opina sobre cualquier tema del momento. Pasa el tiempo y un día alguien interrumpe preguntando quien es. –“¡Soy el marido de la degollada!”, exclama ufano. –“¿Qué degollada?”.

No es de extrañar que todos estos personajes sean proto fascistas, que partiendo de un tema o problema único, específico, generalicen con cuestionamientos globales y antipolíticos. Ellos, Dios los libre, nada tienen que ver con la política. Pero a partir de lo sectorial (el campo, la seguridad u otras imprecisiones), opinan sobre derecho, federalismo, representatividad, legitimidad constitucional, formas de gobierno, economía, política exterior e interior y la mar en coche.

En realidad, los Blumberg o De Angelis son marionetas. Estrellas fugaces que, desesperados por no perder exposición, son capaces de terminar “bailando por un sueño”, como el matrimonio Castells. Si es que les dan las tabas (por contagio me estoy volviendo gauchesco).

El problema no son los leones, sino los dueños del circo. Y a esos los conocemos. Hay que ser muy ingenuo o analfabeto político, para creer que los diarios (y la televisión) serios son serios.-

Marcelo O´Connor.-

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