LA OTRA FINAL, ¿UNA ETERNA FINAL?

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La convocatoria decía así: “La Otra Final”. El Lugar, la Cancha de River, el día 29 de junio. Y hacia allí me dirigí junto a mi negra, mi mujer.

Caminaba por las calles interiores del barrio -muy “paquete”- de Nuñez, rumbo al Estadio para hacer acto de presencia en lo que iba a ser la contracara de otro momento por mí vivido 30 años antes, la final del mundial de fútbol 1978. Y mientras lo hacía, una infinidad de imágenes y sensaciones aparecieron en mi mente y mi cuerpo; como en un flashback cinematográfico. De pronto y mágicamente las calles por donde transitaba se atiborraron de fantasmas, componiendo un aquelarre orgiástico de gritos y empujones donde se mezclaban gente gritando “¡Argentina!”, todos con sus banderas, y “servicios” de civil junto a “canas” de la Federal y “milicos” del ejército que patrullaban en camionetas, custodiando el “evento” para que no se desmadre.

La sensación era por demás extraña ya que yo, aquel 25 junio, no había estado en ese lugar. En aquella oportunidad vi el partido en la casa del “ruso”, un entrañable amigo. ¡Cosas de Don Mandinga y de cómo y cuándo se le ocurre meter la cola en cuestiones de memorias colectivas!

La cuestión es que aquel partido se había jugado en esa misma cancha hacia donde dirigía mis pasos. ¡Pasaron ya 30 años de aquel día en que el equipo Argentino de fútbol había salido campeón del mundo! ¿Por qué lo que debió ser algo grato, con el tiempo terminó siendo tan ingrato?

No se puede negar que cada vez que se acerca otro aniversario de la obtención de aquel campeonato mundial, la confusión en el colectivo social es cada vez más grande y muy llamativa a la vez. Sostengo esto porque es más que evidente el esfuerzo periodístico de las redacciones deportivas por “separar los tantos”(¿?), lo político de lo deportivo(¿?), no consiguiendo hasta hoy absolutamente nada. ¿Y por qué no lo consiguen? Por ser absurda la propia pretensión. Fueron los propios milicos los que mezclaron al deporte con el honor nacional y lo usaron para tapar su horrorosos crímenes. ¡Los Milicos usaron el deporte para hacer política! ¡¿Cómo que no se puede mezclar?!

Lo cierto es que cada 25 de junio, nadie sabe si festejar, si llorar o lamentarse por la Copa obtenida, una copa teñida.

Los jugadores de aquella selección ¿tampoco sabían?, Y si lo conocían, ¿qué podían hacer? ¿No jugar la final? Simplemente pido colocarse en el pellejo de aquellos futbolistas.

La tarde de este domingo de junio de 2008 era gris. Quizá no tan gris como la de aquel 25 de junio de 1978, donde el negro de las pasiones se mezclaba con un extraño blanco, el de las emociones, para lograr un gris no casualmente triste, más tirando hacia el oscuro. O quizás mi estado de ánimo en aquella jornada me hizo verlo así. Pero para mí aquella tarde de 1978 que asomaba a mi memoria había sido una tarde gris, de un gris bien oscuro.

Cuando terminó aquel partido, una masa de argentinos, que en su gran mayoría ignoraba lo que estaba pasando en el país, y menos aún lo que les estaba pasando a muchos de sus compatriotas, salieron a las calles; saltaban y gritaban por todos los rincones de Buenos Aires –“El que no salta es un Holandés”, acompañado de -“Argentina”, “Argentina”. Y la multitud deambulaba por la ciudad cantando y gritando, sin saber que sus cantos y gritos tapaban otros gritos. Los gritos de muchos otros que en esos momentos estaban padeciendo el horror de haber sido arrastrados al infierno. Los habían arrancado de sus casas de golpe, o a los golpes.

El apretón de mano de mi mujer me sacó por unos instantes del estado de trance. Pero de una manera mágica, inmediatamente volví hacia aquellas imágenes. Y allí estaba la ESMA, una de las tantas salamancas. Se encontraba a no más de 500 metros de aquel estadio donde otra leonera1 rugía por el logro de la copa del mundo. En aquella Salamanca estaban decenas, cientos, vaya uno a saber cuantos Argentinos, padeciendo el dolor en sus carnes por haber osado pensar distinto, o por haber abierto el corazón hacia la compasión por los que menos tienen, por querer ser solidarios con los que más sufrían, por el simple delito de pretender una sociedad más igualitaria. Pero la “sociedad”, mi sociedad, estaba afuera, festejando inocentemente el triunfo de un simple partido de fútbol; enfervorizados y azuzados desde los medios, gritando como lo suelen hacer los desaforados; como si con esos gritos, con esos gestos ampulosos, limpiaran el honor de la Nación que estaba siendo mancillado.

¡Y claro que lo estaba! ¡La vida estaba siendo mancillada! ¡el valor de vida de cientos, de miles de humanos era pisoteado!

“Porque los Argentinos debemos mostrar al mundo que somos derechos y humanos” gritaba el gordo Muñoz desde Radio Rivadavia arengando a la multitud; a esa misma multitud que lo había hecho perdedor en la batalla de los papelitos encabezada por el glorioso “Clemente”, cuando el gordo intentaba que los muchachos de la “popu” se comportaran como principitos ingleses.

Muñoz arengaba, Videla, Agosti y Massera festejaban y entregaban el trofeo a nuestros campeones mientras la dignidad de vidas humanas estaba siendo vilipendiada; y los gritos de dolor acallados por otros gritos; sin que nadie dijera nada. Sin que nadie hiciera nada. ¿Y que podía hacer cualquier argentino, si muchos estaban aterrorizados por el miedo? Solo atinaban, instintivamente, a preservarse para no ser otra victima más. Y no se hizo nada. Los medios de comunicación, cómplices de aquella dictadura, tampoco decían nada, ni siquiera se quejaban de censura. ¡Nadie hizo nada!

 

¿Nadie? ¡Mentiras!

Decena de pañuelos blancos pedían, imploraban saber algo de sus seres queridos secuestrados, se desesperaban al intuir los gritos de sus hijos torturados, aquellos gritos silenciados. Y no eran escuchadas. Incluso llegaron a ser por muchos ignoradas. Hasta se animaron a apodarlas como las LOCAS de Plaza de Mayo.

Pero aquella tarde noche del 25 de junio de 1978, hubo gestos de algunos de la multitud, que por lo menos para mí, no pasaron desapercibidos. No pocos de los que gritaban, de pronto se paraban y se quedaban pegados a los televisores de las vidrieras viendo y preguntándose ¿por qué los Holandeses no iban a recibir el premio de subcampeones.? ¡Algo está pasando!, se decían. Tampoco faltó el descolgado que sugería desde su irracional pasión -“Porque son unos cagones, les da vergüenza haber perdido con unos sudacas. ¡Que se caguen! Le rompimos bien el culito!” -Y continuaba su ruta saltando y gritando –“el que no salta es un holandés”.

Por ahí, alguien se animó a balbucear algo parecido a -” dicen que los chabones no quieren recibir ningún trofeo de manos de dictadores torturadores”. Y allí se sumó otro preguntando -“Pero entonces ¿es cierto eso de los desaparecidos”?, mientras recibía un codazo del que estaba al lado al tiempo que le decía -“callate boludo a ver si te escuchan y todavía sos boleta”. La reacción fue de un reflejo condicionado. Todos, como si hubiesen escuchado una sirena de alarma, comenzaron a dispersarse, mezclándose con la multitud, Y siguieron cantando -¡Argentina, Argentina!!!

 

LA OTRA FINAL, la del 29 de junio del 2008, por el contrario, tuvo las tribunas casi vacías. Y Quique Pesoa, desde el escenario, tiró cifras de asistentes en un inocente gesto por levantar el ánimo de los concurrentes. ¿Era necesario detener el interés en el número de concurrentes?

Las Madres y Abuelas son el mejor ejemplo de valentía en soledad. ¡Otra vez estuvieron con la compañía de siempre! Ni más, ni menos, los de siempre, pero coherentes. ¿Hacía falta más?

Creo, sin temor a equivocarme, que las cifras de concurrentes a un Mitin, u homenaje, nunca hizo al contenido del acto mismo. Los enemigos de la vida, de la democracia y los derechos humanos, no se fijan en esas “pequeñeces”. Los números de asistentes siempre son esgrimidos por los mediocres que solo basan su fuerza en la cantidad y no en la calidad.

¿Y los Partidos de izquierda? ¿Adonde estuvieron? ¿No concurrieron para no apoyar al gobierno? ¡¿Qué pasó muchachos?! ¡¿Otra vez les corrieron el tarrito donde debían hacer pipí?!

LA OTRA FINAL, o una eterna final que como sociedad todavía deberemos seguir jugando, algunas veces ansiosos, otras desilusionados, con poco apoyo en las tribunas, pero firmes, seguros y convencidos de que el partido de la vida solo lo ganamos si lo seguimos jugando; todos, o casi todos. El número de jugadores, por ahora, poco importan. Hay que seguir sumando.

pedro-del-arrabal-y-el-pocho


1 Así le llamaba “Gatica, el Mono” a la Popu del Luna Park

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