Ciencia y Tecnología es un problema 100% político

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Difundimos el artículo “Nuestra ciencia necesita algo más“, aparecido en el diario Clarín del 28 de agosto de 2008.

El mismo es una reflexión sobre distintos aspectos del sector CyT en donde, al final, manifiesta que el problema central en el ámbito de Ciencia y Tecnología, es el problema político.

Su autor, el Dr Diego Hurtado es Físico, Profesor de Historia de la Ciencia, e Investigador (Universidad Nacional de San Martin – CONICET).

A continuación, el artículo:

“Nuestra ciencia necesita algo más”

Falta una comunidad científica que se conciba a sí misma como actor político y deje de ser “un animal de cien cabezas”. Ahora que existe un Ministerio de Ciencia y Tecnología, deberían promoverse adecuados interlocutores.

Aclaración: negritas son nuestras.

La creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva a fines de 2007, junto con el nombramiento de un científico como ministro, a la vez que un paso estratégico, tuvo un sentido simbólico crucial: el reconocimiento de que la producción de conocimiento debe estar en la primera línea de la política nacional. Durante su primer medio año, mientras intentó ganarse un lugar y definir sus incumbencias, el nuevo ministerio atravesó un período de organización. Pasado este primer estadio, el problema ahora es comenzar a diseñar las líneas maestras de una política.

El campo de fuerzas es complejo. Ante todo, no hay una comunidad científica que se conciba a sí misma como actor político. Por el contrario, hoy la comunidad científica argentina es “un animal de cien cabezas”. Es clave que el Ministerio pueda contar con este interlocutor. De lo contrario, las opciones son el autismo o el corporativismo; es decir, no consensuar o elegir una, tres o cinco de estas cien cabezas.

El nuevo ministerio podría ayudar a construir a este interlocutor “natural”. Crear canales de articulación dentro del sistema científico, y de comunicación entre éste y el sector productivo puede ser un primer paso. Que hay que darle a la ciencia un lugar en la agenda social es tan cierto como abstracto. Aquí hay un problema grave.

En ciencia y tecnología la dependencia es sistemática, pero sobre todo invisible. Hay una perspectiva que nos dice qué es hacer “ciencia de punta”, ciencia prestigiosa. A partir de esta representación, surgida de una agenda ajena a nuestra realidad de país pobre, se premia y se castiga a los científicos argentinos. Desde esa perspectiva, el camino fácil es cruzar “agenda social” con hightech. Suena bien, es ideológicamente futurista, promete modernidad. Por otro lado, los problemas socialmente prioritarios -salud, vivienda, educación, potabilización y distribución de agua, electricidad a pequeñas comunidades, etc.- parecen requerir algo diferente. Este es el tema de fondo, el rostro de la medusa que pocos en América latina se animan a mirar. La ciencia local competitiva mantiene una dependencia estructural con instituciones de países avanzados. Esto hace que los criterios de calidad y competitividad queden desconectados de las necesidades propias. La ausencia histórica de políticas públicas robustas y de largo plazo reforzaron esta dependencia. El resultado concreto es una ciencia aislada, fragmentada y poco “útil”.

En este punto, el nuevo ministerio enfrenta una bifurcación de caminos, que es también su oportunidad histórica: seguir la huella o inventar. El primer camino es como proponerse seguir a una Ferrari con un Ford T. Son las recetas de organismos internacionales, espejitos como el “Modo 2”. Del otro lado, del camino alternativo, ya tuvimos a científicos y tecnólogos argentinos, como Jorge Sábato, Oscar Varsavsky o Amílcar Herrera, para citar solo a los “clásicos”, que mostraron que se puede definir de otra manera el lugar de la ciencia y la tecnología en la Argentina. Muchas experiencias exitosas surgieron de la convicción de que la fórmula es, como dice la socióloga Hebe Vessuri, “o inventamos o erramos”.

Decidir a favor de este último camino significa tomar como punto de partida una lectura precisa de la propia realidad: el problema del conocimiento comienza con la capacidad de autoconocimiento. La Agencia Nacional de Promoción, al avanzar sobre el diseño de programas de financiamiento fundados en diagnósticos de necesidades, vacancias y prioridades, dio un primer paso técnico importante en esta dirección. Le toca al Ministerio de Ciencia definir el lugar político del conocimiento y orientar los recursos científicos del país en esa dirección. En toda esta ecuación, el sector productivo aparece como el gran enigma. Su escasa tendencia a la innovación, su hábito de importar tecnología, su debilidad frente a las empresas trasnacionales plantean una tarea ardua. En el sector de pequeñas empresas, en la diversidad regional y en las llamadas tecnologías sociales parece haber caminos promisorios.

Finalmente, sobre los recursos para financiar ciencia y tecnología desde el sector público, existe un reclamo creciente al que habría que responder: ¿por qué razón la ciencia se debe financiar con préstamos internacionales en tiempos de superávit? Tenemos tradiciones ricas en ciencias biomédicas y en ciencias sociales, institutos tecnológicos para el agro y la industria, medio siglo de desarrollo nuclear, un plan espacial, algunas empresas de base tecnológica. Y universidades con sectores de excelencia. Tenemos muchas de las piezas de un gran rompecabezas. Hoy, la ciencia y la tecnología en la Argentina es un problema 100% político. En segunda instancia es un problema de recursos humanos, fuga de cerebros y porcentaje del PBI.

Autor: Dr Diego Hurtado (UNSAM-CONICET). Para ver el artículo original, click en: http://www.clarin.com/diario/2008/08/28/opinion/o-01747715.htm .

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