EL NORTE (siempre ha existido)

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Hace unos años cayó el Muro de Berlín. Este hito sirvió para acuñar algunas frases rimbombantes disfrazadas de pensamientos. Se habló del “fin de la historia” y de la “muerte de las ideologías”. Hoy, que podríamos decir: “se esta cayendo la otra parte de la medianera”, deberíamos hacer un esfuerzo para eludir las simplificaciones que nos proponen los “slogans” y procurar situarnos a la altura de este mensaje de los tiempos.

Hace algunos años más (unos cinco siglos, día más día menos), el mundo (concepto metafísico, si los hay) presenciaba la incorporación de tres herramientas fundamentales: el telescopio, la brújula y la imprenta. No fueron necesariamente contemporáneos entre sí, pero fueron lo suficientemente cercanos como para demoler parte del pensamiento dominante. Costó, pero varios dogmas que los poderosos sostenían a sangre y fuego hubieron de ser doblegados. Aquellos mandamases de entonces, tuvieron que aceptar la redondez de la tierra, su permanente movimiento, el heliocentrismo, la existencia de muchos más cuerpos celestes de los que conocíamos y la existencia de esa energía magnética que es inmanente a un sector del globo terráqueo al que convinimos en llamar Norte; espacio que se supone que está siempre arriba, vaya uno a saber de qué.

Sin embargo, desde aquellos tiempos y hasta la fecha, debemos reconocer una habilidad llamativa en la capacidad de adaptación de algo que podríamos llamar “el Norte” (como concepto de un colectivo de seres que considera que ése es su habitat político natural), sobre “el Sur”. O sea que: paganos, apolíneos, judeo-cristianos, neo-paganos, ateos, etc. una vez demolido el poder contra el que lucharon, se ubicaron en suerte de metáfora de ese Norte (o sea: algo que está “siempre arriba y vaya uno a saber “de qué”) dejando en el opuesto (un sur del que no se sale y cuando se sale es para acceder a ese Norte) a todos los restantes congéneres. Por supuesto que siempre hay alguna causa mayúscula a defender y un mandato superior que determina que algunos ocupen ese Norte y otros queden relegados al Sur.

Semidioses, pueblos elegidos, razas superiores, iluminadas, selectas, civilizadas, vanguardias esclarecidas, etc. han encontrado -desde el comienzo de la historia y hasta hoy- objetivos y causales para ubicarse en el sitial de aquellos a los que el poder les corresponde. Es por eso que, cuando algún centro de poder se cae, hay que preocuparse y mucho, no tanto por aquel “rey muerto”, como por el posiblemente “puesto”.

“Para que César no fuera César, los jóvenes lúcidos de Roma lo apuñalaron. Así comenzó la Roma de los Césares.” Hace unos treinta años yo escribí esto; hoy -con mucho de desasosiego- hallo perdonable la auto-cita.

En este Sur (geográfico), también tenemos quienes han instalado un Norte. Fácil es señalar a los que defienden con uñas y dientes su sitial de privilegio desde lugares reconocibles “a primera vista”. El problema se encuentra en lo que he dado en llamar “la transversalidad del gorilismo”. O sea la existencia de “gorilas” (aún en estado de crisálida), aquí, en el Sur y a “diestra” y “siniestra”; y, si se me permite, quiero recordar que el término “gorila” no nació como un adjetivo peyorativo usado por los peronistas para señalar a los “contreras”; sino como todo un sustantivo del que se adueñaron los “contreras” para identificarse -cosa que hacían con bastante orgullo- a partir de una humorada de Aldo Cammarota (conspicuo “gorila”, si es que los hay y los hubo).

La pata “pragmática” del lenguaje ha instalado la palabra (como tropo) en nuestro país y en algunos otros sitios de latino-américa con estas acepciones que se suman a la zoológica y a la extensiva (guardaespaldas). El diccionario de la R.A.E. incluye, para “gorila” tres acepciones más: 1) m. coloq. Arg., Guat., Nic. y Ur. Policía o militar que actúa con violación de los derechos humanos. 2) m. despect. coloq. Arg., Cuba, Ur. y Ven. Individuo, casi siempre militar, que toma el poder por la fuerza.. 3) m. coloq. El Salv. militar (hombre que profesa la milicia).

 

Nótese que en estas acepciones se privilegia la condición de “policía” o “militar” como condición “sine-qua-non” del “gorila”. Para nosotros, los argentinos, esto es inaceptable, porque -además de falso- es injusto: y creo que no debería ser yo (confeso peronista) quien salga en defensa de tanto y tanto “gorila” que jamás vistió uniforme y que, es más, puede hasta llegar a manifestar desprecio por los uniformados. Porque lo cierto es que el “gorilismo” puede ser “más civil que una alpargata”. Esto lo hemos comprobado más que dolorosamente y sobre todo en los últimos tiempos, con claridad meridiana; Así como tampoco es -en una hipotética división vertical del pensamiento- exclusivo patrimonio de la “derecha”, ni del anti-peronismo.

Los “gorilas” son así desde siempre y en cada centímetro cuadrado del planeta. Para ellos algún modelo de Norte los contiene y esto no puede ser modificado. Toda vez que uno de ellos se propone “construir poder”, lo hace ubicándose en uno de esos “nortes” cual si fuese su propia Tierra Prometida y cualquier paso que dé con rumbo a ese destino lo dará para ejercer tal poder sobre otros; “otros” que quedarán (mejor dicho: quedaremos) ubicados en algún rincón del Sur.

Estos personajes siempre toman la palabra “poder” en una de sus acepciones y cuando lo aplican, la cosa se complica y seriamente. Convengamos que (insisto una vez más con el tema) el idioma español es insuficiente para separar “posibilidad” de “potestad”, los anglo-parlantes, son -al menos en este caso- más precisos.

Lo cierto es que quien quiere “apoderarse” de algo para obtener “poder” lo que realmente anhela es “controlar” a los otros, y allí se “goriliza”. Para justificar este deseo, siempre se apoya en una pretensión (rayana en lo patológico) de alcanzar el imposible de “objetivar” su persona en forma absoluta. El síntoma más ostensible de quien padece este “gorilismo transversal incluso en estado quiescente” es el de considerarse indiscutible candidato al título de “conductor”, “líder”, etc. Si el tipo se ubica en “la izquierda”, su discurso (aún a su pesar) estará cimentado en la hipocresía. Si se instala en “la derecha” lo hará desde el más descarnado de los cinismos. Si lo hace desde su íntima creencia, sentirá que algún Dios le ha encomendado una misión divina. Si lo hace desde el ateísmo, sentirá que su “conciencia y su capacidad de trabajo” lo hacen tan Dios (o más) que aquellos en los que dice no creer. Pero, siempre e inexorablemente, se reservará el lugar del control, del dominio y del manejo de la caja. O sea: el Norte.

 

FERNANDO MUSANTE

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