Los medios y el variable sentido de cada palabra

10 abril 2009

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Por Eduardo Pérsico(1)


Cada palabra se jerarquiza o envilece según desde donde se pronuncie. En ámbitos como podría ser el profesoral o académico hasta cuenta la altura que asume el dicente, y sería ocioso abundar con otras establecidas convenciones. Así bien vale decir que por ‘palabra’ comprendemos los idiomas y dialectos para la comunicación, talvez desde que la especie humana se agrupara en manadas donde además del hambre, el mayor factor de integración resultara la palabra. Su buen o mal uso devino en convivencias, separaciones, luchas, descubrimientos y postergaciones. En la difusión del conocimiento sólo la palabra enlaza los nuevos conceptos con los ya existentes en la estructura del individuo, y de ahí en más si ella se traiciona o malversa puede acarrear significados siniestros a la sociedad toda. Y volviendo a la posición desde dónde y cómo se pronuncian las cosas, Napoleón Bonaparte aseguró ‘un Idioma es un dialecto con un ejército detrás’. Una clara definición del Poder de la fuerza armada en este caso, para la construcción de pensamiento de las comunidades, un asunto tan bien ilustrado por la adopción del castellano en Sudamérica en desmedro de las lenguas nativas. Un logro del poder militar afín a la infinidad de púlpitos del invasor sobre quienes aquí vivían; brutal invasión del norte al sur cruzando el Ande hacia la inmensidad de la pampa sureña, indiscutible verdad que nos fuera escamoteada durante siglos aunque por fortuna, hoy muchos españoles aceptan desde dónde y con qué palabras el Poder supo contarnos la historia.

Últimamente se diría que a la universal estafa urdida en Wall Street para zafar a USA de su pantano entre producción y consumo, hoy los impagos se llaman ‘activos tóxicos del sistema’, los despedidos son ‘aspirantes a un seguro social’, las familias masacradas en Medio Oriente por los yankis ‘daños colaterales no deseados’, y en Argentina, – esta misma de sentirnos ingenuamente ajenos a toda manipulación ideológica- las corporaciones informativas malversan y trastornan sin piedad al pensamiento colectivo. Falseando, extrapolando y denunciando improbables atentados de los malos contra los buenos, bien maniquea la cosa, esas corporaciones fabricantes de opinión retomaron un rol decisivo en nuestra disputa interna, favorecidas hoy por la demorada disputa entre una parte del sector agropecuario y el gobierno constitucional. Sin reparos, la mayoría de radios, televisoras y diarios tradicionales machacan como noticias sus opiniones haciendo estas indiscutibles, un antiquísimo ardid que descubriera al diputado socialista Alfredo L.Palacios allá por 1905, al desafiar en la calle a un escriba que no explicitara bien sus dichos ‘usted no repitió mis palabras exactas y como eso es una injuria personal, debería prepararse’.

Hoy principalmente los canales televisivos compiten para pronunciar la frase más descomedida contra el gobierno constitucional, adversario a quien aspiran a decapitar usando cualquier recurso ante la inminencia de ser presentado ante el Congreso Nacional, por cuenta del Poder Ejecutivo, una nueva ley de radiodifusión que suplantaría otra sancionada hace décadas por un gobierno militar de facto. Ese cambio que si es bien intencionado, democrático y culturalmente actualizado, lo merece todo país organizado en lo institucional, pero cayó como un baldazo entre los tradicionales dueños de los medios de comunicación en Argentina. En principio por el riesgo que implica sacudir las sábanas de recientes fantasmas nacionales, como la desaparición de personas donde tantos responsables aguardan turno para desfilar ante Tribunales. Para ellos donde no falta gente de los medios, curarse en salud y diluir esa realidad que puede acosarlos no sólo económicamente sino en jurídicamente personal, es primordial. Así que de inmediato surgió la descalificación sin debatir y el ataque frontal contra esa ley, encabezada por los más conocidos locutores televisivos que dicen todo con esa sonrisa diluida de quien lo están violando pero dólares más o menos, les gusta.

Así las cosas, es notorio en el conflicto gobierno-ruralistas la supresión de términos inteligibles para la comprensión del relato. Además del trasnochado ‘quienes cortan las rutas son asambleístas autoconvocados’ y ‘los camioneros ajenos que quieren pasar son provocadores del poder sindical’, renglones para inquietar con un próximo enfrentamiento social, también es poco visible la mescolanza conceptual que todos soslayan en el conflicto. ¿En qué sistema económico estamos insertos? Mostrando su Capitalismo puro y sin discusión, los dueños de la tierra suelen exhibir en su tranquera ‘Propiedad privada. No pasar’. Doctrina bien opuesta al Estado Benefactor keynesiano, dirían sus economistas contrarios a toda semblanza socializante aunque hoy como siempre junto a los dueños de la tierra, tan liberales y capitalistas, si pierden exigen el auxilio del Estado y en sí, de la comunidad íntegra. Si los sacude la sequía, bajan los precios internacionales o deben pagar retenciones a las exportaciones, – cargas impositivas dentro del Capitalismo iguales al acrecentamiento de los controles cuando se vende al exterior y evitar mayor evasión tributaria- cada productor rural se enrola contra al Estado por su no intervención a favor de ellos y sin cambiar de monta, silencian su ideología Capitalista como buenos patrones de la tierra, para que el Estado Benefactor le atempere sus pérdidas. sus pérdidas. Cuando si fueran en verdad Capitalistas, según discursearon siempre, ante las pérdidas irreparables venderían sus tierras y a otra cosa. Algo que debe hacer cualquier productor de otro ramo: si pierde con su explotación la vende porque no puede cargar su fracaso a la comunidad toda. En el Capitalismo, gane o pierda, nadie tiene derecho sobre los demás; así como ninguno tomaría ese campo del que hablamos, por tratarse de una propiedad privada. Algo que por omisión o escamoteo, en ningún medio jactancioso de su pluralidad informativa se dice. Qué lamentable, ¿no?

(1)Eduardo Pérsico, escritor. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
(30/3/2009)


CUANDO LA SUERTE SONRIE

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Gentileza de Aldo Battisacco


Si les voy a ser franco, yo ya estoy podrido de leer el diario y encontrar sólo derrotismo.“Salimos de Guatemala para meternos en Guatepeor”, dicen los que la van de piolas y niños bien. Pero su mufa no puede ser tomada como una norma. El mundo cambió, y por más que les pese a los aguafiestas, lo hizo para mejorar. Ejemplos hay muchos. No hablemos ya de ciertos adelantos que parecen milagros. Como por ejemplo la resurrección de la minifalda. Prenda muy apreciada por el sexo masculino, que luego de tocar tierra durante varios años generando desánimo, hambruna, y guerras, un buen día dijo “¡No va más!”. Como en la rula. Y deshizo el camino mal andado, hasta convertirse en una tirita apenas más ancha que cinto de señor panzón. Notable aporte a la felicidad nacional, que con remeras cortonas, deja tanta ilusión a la intemperie. Algo que nadie hubiera imaginado después del julepe producido por unas pilchas que negaban protagonismo a partes tan vitales de la percha femenina, como son la rótula y el peroné. Las naifas parecían pirujas, y por fin dijeron:
-Perdemos como en la guerra. Cuenta nueva, por favor.
Sea como fuere, el motín no pasó del susto, lo que ya es mucho decir. Pero si de luchar contra los tabúes se trata, ese no es el único caso en que la humanidad consigue dar un brinco hacia adelante. Piensen, si no, en los albores de la Astronomía, cuando a falta de cohetes y satélites, los sabios estudiaban el firmamento con un tubo de cartón apoyado en la medianera. Te quemaban vivo por decir que la tierra era redonda, porque según un libro que tenían los curas, ella parecía más bien una bandeja. Y ésta languidecía inmóvil en el firmamento, sobre las espaldas de cuatro elefantes. Pero eso no era todo. Además ocupaba el centro del universo, con el sol, las estrellas y los cometas, dándole vueltas alrededor. Como si fuera la maratón de los barrios, en versión Extra-Large.
-¡E pur si mouve! -gritaba, medio incómodo, el bueno de Galileo Galilei cuando vió que los frailes iban a buscar fósforos.
Pero no por ganas incontenibles de fumarse un importado, sino para tener todo a mano, y poder meterle fuego a la hoguera cuando llegara el momento, sin demoras que desalientan al personal.
-¡Pecatore cornudo e charlatane! -repuso furioso el obispo, antes de poner su firma en la sentencia condenatoria, escrita con la mejor caligrafía del reino. ¡La tierra non si muove uno corno, che!
Pero Galilei no estaba solo.
-¡Que se quema! ¡Que se quema! -empezaron a gritar sus amigotes, previendo la situación. Y eso lo salvó, porque al cundir la voz de que el sabio andaba en galletas, se vio que tenía buenas cuñas en la cofradía de saltimbanquis y bomberos. Para quienes
inventaba mangueras de alta tecnología, que confieren estatus. Con ese antecedente, ningún tribunal eclesiástico quiso jugarse una regada capaz de arruinar sotanas, mitras y casullas, con lo cara que estaba la ropa de trabajo. Sea como fuere, la verdad de la milanesa es que por un pulgar apuntando hacia abajo, al pobre sabio casi más lo queman vivo. Como mandan las escrituras que nos ha dejado el Señor, en su infinita bondad. Un relato de intolerancia que ahora espanta. Aunque normalito, cuando se gobernaba en nombre de la cruz. Así que vamos al grano: El astrónomo se salvó. Entonces no sigamos con el verso de que este mundo es una basofia, y cada día se embrolla más.
-Aunque hablando de versos, nobleza obliga, siendo injusto no referirnos a quien se lleva la palma olímpica. Nada menos que Jorge Manrique, un clásico acostumbrado a agriarle la sobremesa al dueño de la pensión. El pobre quedó medio orsái del coco por una desgracia familiar, y cuando podía se tomaba la revancha, recitando pesados poemas para compartir su dolor. Después del feca le gustaba arremangarse, como preludio de unos buenos eructos. Luego comenzaba el recital, con creaciones que contaban sus muchas penas. Como en el tango, pero sin música. Y no hace falta rajar a las antípodas, para buscar testigos de la mufa que contagiaban sus palabras. Yo tropecé con la sombra de Manrique, una vuelta que vi dos viejas tomando mate en un zaguán. Quienes leían odas como para tirarse al río, de tanta yeta.
Recuerde el alma dormida,
-decían sus versos-
avive el seso y despierte,
contemplando,
cómo se va la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando.
Cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado da dolor,
y cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado fue mejor.
“¿Dos intelectuales, trabajando en un manual de motivación para suicidas?”, me pregunté. Habrá que investigar.
-Disculpen, señoras -dije – Seré curioso…
-Rajá, chauchón, que ya estamos viejas para el levante -me frenó la más fulera.
-Es sana curiosidad -repuse- ¿Qué poeta están leyendo?
-Jorge Manrique.
-¿El jugador de Primera B?
-No sea bruto, hombre… ¡es un clásico de la literatura española!
-Thank you -dije en inglés, para mejorar mi imagen.
Y después pensé: “¡Pobre colifa nacido capaz un martes 13, que debía andar con el ánimo por las cloacas para mandarse una diatriba así contra el destino!”
Pero la verdad, el chou me dejó tan mustio, que acabé metiéndome en una compraventa de libros, a ver si encontraba algo sobre este ñato que tanto me intrigaba. Y como bien sabemos, quien busca, encuentra. Así que por fin aparecieron unos cuadernillos amarillentos, por la módica de tres mangos cincuenta. Lectura ideal para acortar el viaje en bondi a Chacarita. Pero apenas terminé de leer el índice, me asaltaron las sombras de una duda. ¿Cómo pudo tan distinguido autor guardar silencio sobre el número 13, que quizás fue su favorito? Un olvido, seguramente, por el que deberíamos excusarlo visto el tiempo transcurrido. Porque el perdón y la memoria son dos caras de igual chirola. No escapará a la sutileza del lector que con este comentario, asumimos la paternidad intelectual de una institución que es pilar en nuestra cultura. La prescripción liberatoria. Dicho en buen romance: “Las deudas viejas no se pagan”. Nadie debería pasarse la noche en vela por un pagaré protestado, o el vencimiento del alquiler. Nuestro avance está a la vista, aunque falte agregar algo: “Las nuevas, se dejan envejecer”.
-¿Entonces, vos decís que la vida va en carroza, che? -preguntaron dos pesimistas.
– Yo paro tranqui la olla -dije, y quise abrirme.
Pero ellos no se quedaron satisfechos con la respuesta, y disparaban a matar.
-¿Vivís en la luna, tan tanqui, con el despiole que hay por todos lados? ¡Contáte una de combóis, andá!
Yo no les di más esférico que el estrictamente indispensable, para no rajar de la mesa a piñas Y satisfecho íntimamente, me bajé otra birra. Después leí un diario gratarola que había sobre el mostrador, donde encontré la historia del Fúlmine González, un mufa que le mata el punto a cualquiera. Hasta al mismísimo Manrique, creo. Si iba a la rula y jugaba a par, cada tiro le salía impar. En caso de comprarse un perro, le fallaba la genética, y el engendro decía “miau”. Si después del corso se llevaba a casa un minón, cuando las papas queman resultaba ser travesti. ¡Pobre desgraciado! Si abría un vinacho, de fija era vinagre. Si quería viajar a Quilmes, terminaba en Mar del Plata. Para no decir nada de la tragedia en que culminó su última visita al super.
-¡Cuidado, che! -gritó, al ser embestido por un carrito, al mando de dos alemanes oliendo a schukrut.
Porque era pascua, y ya sabemos con qué pasión se la celebra en Villa Ballester. Así que Fritz y Franz llevaban una carga de grandes cajas. Y con el porrazo se supo la verdad. Esos gorditos de aspecto bonachón eran dos traficante de huevos rellenos, aunque no con marcipán, como pensará el buen lector. Sino de cocaína, que quedó desparramada por todo el local. En el super la distribuían con toda clase de garantías, pero la protección policial no alcanza a los clientes, que se deben arreglar solos.
-Marche preso -se oyó, en medio del escándalo.
Pocos segundos después, los alemanes había desaparecido, y Fúlmine quedó frente al destino.
-¡Vamos miti-miti y me hace la vista gorda, señor juez! -atinó a decir.
– Arreglar al juzgado y a la comisaría te sale setenta y cinco por ciento, parte baja -repuso aquel.
Eso corrobora la teoría que expusimos desde el comienzo. En este mundo todo se simplifica, y los cambios son para mejorar.
El éxito está en ubicarse bien.

Y aquí terminó
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