JUICIO A LA EDUCACIÓN (Parte VII)

San Fernando del Valle de Catamarca, Argentina, UNASUR-CELAC,EL EMILIO, Educación

Fuente: http://www.elesquiu.com/noticias/2016/02/23/233773-juicio-a-la-educacion-parte-vii

 

V.L.M. 4

Te crees que al mundo

lo vas a cambiar vos.”

E.S. Discepolo: ¡Qué Vachache!

 

 

Por Victor Leopoldo Martinez

ENTRE ZONCERAS Y ESTUPIDECES

Frente a esta realidad de deformación mental mediática incontrastable señalada en la entrega anterior, las preguntas surgen automáticamente: ¿Dónde quedó o queda el trabajo pedagógico imbuido de seriedad académica desplegado en un establecimiento educativo, cualquiera sea el nivel de este? ¿Para qué sirvió o sirve tamaña inversión en tiempo,  recursos humanos y económicos? Cualesquiera sean las respuestas a estos interrogantes, las mismas hoy en día oscilarían entre  zonceras y  estupideces que por adiestramiento muchos repiten  como un discurso preestablecido.

Cirigliano sostenía: “La escuela sirve para hacernos tolerables las contradicciones  de la sociedad; como todo ritual. Mientras mata la imaginación la exalta.”

Es claro además que la escuela monopoliza no solo la distribución de “certificados” sino lo simbólico,  ese lenguaje especial que otorga privilegios y  que, con su consumo y dominio, garantiza ser otro dominador más.

Cirigliano agrega: “Si no se cambia el modo de percibir los contenidos, la escuela seguirá siendo escuela para pocos, hará burgués al hijo de obrero, lo alienará.”

Es tan evidente que todo funciona de manera tan natural que nadie se percata que dicha certificación no garantiza saber general ni social alguno. Solo certifica nivel y estado de escolarización. La palpable ignorancia de nuestra burguesía es el más triste, claro y vergonzante ejemplo de la “eficiencia”  del ritual de escolarización.

Los pibes de hoy son más astutos y se manejan más libremente aprovechando las nuevas tecnologías – a las que hasta los más pobres se dan maña para acceder a ellas- por afuera del sistema,  y con escasos grafemas y emoticones generan sus propios códigos de comunicación, con el que superan holgadamente a cualquier docente en materia de comunicación pero que en el fondo no es indicio de tener saber o conocimiento alguno sino de picardía en el uso de una herramienta.

La estructura piramidal del sistema educativo de por si anula cualquier posibilidad creativa. Sea cual fuera la originalidad de un trabajo o descubrimiento siempre necesitará forzosamente y para su “validez”, la aprobación “académica” realizada por personajes que jamás participaron en un trabajo de campo pero consiguieron “chapa” repitiendo palabras de otros “secuestradas” en eventos y congresos internacionales; palabras que solo sirven para escribir una “tesis” en un “paper” de revistas científicas cuya publicación jamás fue garantía de nada más allá de servir para “chapeo” -algo que también tiene precio en dólares-.

¿ESTAMOS EDUCANDO?

Entonces… educar ¿para qué? ¿Para recibir al final un certificado habilitante de inserción y aceptación por parte del sistema vigente? Por lo visto y en este marco, si el sistema es justo o injusto no es competencia de la educación. Entonces y en relación a la normativa vigente en materia educativa,  con certificado en mano… ¿no se puede cuestionar y cambiar el sistema, o por lo menos atenuar en algo sus  perversiones? ¡No! Cabe la pregunta ¿Educar para no modificar nada? ¡Exacto! ¡Nada! O en todo caso para que vos mejores individualmente y te diferencies de los demás sin alterar el sistema que te hizo diferente. “Te crees que al mundo lo vas a cambiar vos.” (E.S. Discepolo: Qué Vachache). Realidad un tanto exasperante si las hay.

¡“Como sociedad estamos en el horno”! dirían los pibes de hoy. Y… sí –corroboraría yo.

Si tenemos que describir la estructuración del ritual  de escolarización, podríamos comenzar señalando que la educación primaria y media están pensada para introducir a los “iniciados” en la comprensión y el respeto por el lenguaje escolar que no constituye otra cosa que el alimento de las simulaciones.

Cirigliano nos quita la venda de los ojos  de una manera simple y sencilla: “Las simulaciones académicas son la consagración de las sutilezas formales, del medio para hacerlo más refinado, más complicado, más difícil de ser entendido por los no iniciados. El respeto por horarios, asistencia, el timbre de ingreso, los cuadernos, las carpetas  y los textos impuestos dejan de ser elementos de un ritual para transformarse en saber y aprender. La universidad refina más las simulaciones al incorporar en el lenguaje términos como: Teóricos, prácticos, parciales, fichas, firma de libretas, tribunal de examen, tesis de licenciatura, revalidas, comisiones, seminarios con el solo fin que se registren como saber el conocer sus diferencias.”

Grave… Muy grave.

Hasta el propio Oscar Varsavsky (hombre reimplantado en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA de la mano de José Luis Romero por la “Revolución Libertadora” de 1955), aguerrido militante  de izquierda y confeso antiperonista, años después (1966), más que desilusionado, sostenía: “Ninguno de los papers publicados por nuestros investigadores desde 1955 en adelante hizo adelantar notablemente ninguna rama de la ciencia. Si no se hubieran escrito, la diferencia no se notaría…  Poco a poco la facultad se fue transformando en una sucursal de las universidades del hemisferio norte… Para seleccionar a los que querían hacer la carrera de investigador decidimos incluir científicos extranjeros en los jurados. ¡Todavía no me explico cómo pudimos cometer semejante error! Los tipos usaban sus propias normas, válidas en sus propios países y muchas veces nos obligaron a nombrar como profesor a un cientificista. Para el investigador común, el elemento decisivo para adquirir “status” en la carrera científica es un tipo de habilidad muy similar al “Public Relation”. El éxito consiste en publicar papers, asistir a congresos y simposios, recibir visitas de profesores extranjeros, ser invitado a otras universidades como profesor visitante.”

Jauretche le explicaría a Varsavsky adónde está la clave de tamaña burrada confesada: “Una Universidad Argentina de esta naturaleza, solo será argentina por su radicación geográfica. El lógico producto de esa Universidad serán los contadores que manejarán las cifras y los asientos falsos de las empresas, los doctores en ciencias económicas que distribuyen las doctrinas de encargo que se importan, los filósofos e historiadores que adecuan el pensamiento y la versión de la historia conveniente a esos intereses, los ingenieros que planifican y construyen sin vincular su obra con el destino nacional, los médicos que curan a los enfermos sin buscar las raíces económicas y sociales de los males, y los abogados y jueces que consolidan la estructura jurídica de la dependencia.”

En síntesis, la nuestra es una educación que sirve para la diferenciación social, no para la solidaridad, el servicio y el crecimiento conjunto de una comunidad.

Construir una sociedad provincial, una Nación que esté en función de un proyecto de país cuya prioridad sea mejorar la calidad de vida de sus habitantes desde la concepción del valor social del conocimiento y la distribución equitativa de sus riquezas evidentemente requiere de otra educación. Una educación que quienes la reciban no consideren el conocimiento como un bien capital con el que se puede negociar sino como una herramienta a compartir para servir al semejante, para ser solidario con el otro y con la sociedad, no es casualmente la que hoy (y desde hace largo tiempo atrás) se está entregando. Si queremos una sociedad que rompa con la competencia individualista; un proyecto cuya meta más alta sea la integración regional ampliando campos para compartir e incorporar conocimientos, para construir y consolidar  mercados más grandes donde distribuir productos y riquezas, sociedades con miradas culturales más integradas y más orgullosas de su origen y condición, entonces pensemos en otra educación.

(Continúa)

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