La grieta y el derecho del trabajo

1 julio 2017

C.A.B.A., Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO. Neoliberalismo, justicia y derecho laboral

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Por Enrique Arias Gibert (*) 

El discurso mediático dominante presenta la grieta como una concepción que divide la sociedad alterando su equilibrio bucólico. No es casual la homología entre este discurso y el de la dictadura militar en la exposición de motivos del régimen de trabajo agrario de 1980 que impedía las paritarias agrarias, establecía jornadas de sol a sol, suprimía el preaviso y cualquier posibilidad de acción concertada de los trabajadores en nombre de la tradicional armonía del campo. 
Se escatima en esta concepción el carácter objetivo de la grieta en el cual, lo que se presenta como armónico y natural, marca desde el inicio el síntoma de la catástrofe (como el ruido de las máquinas que acompaña la novela Germinal de Zola hasta que, al derrumbarse sobre los mineros, dejan al descubierto el antagonismo irreductible de una forma de sociedad que se pensaba eterna). No es lo que se piense sobre la sociedad lo que origina la grieta. La grieta surge objetivamente de cada formación social.
La ideología de los dominantes niega la objetividad de la grieta y la atribuye a los agitadores que toman el nombre de mafia (sindical, de los abogados y hasta de los jueces del trabajo). De este modo el discurso hegemónico presenta como enfermedades simuladas las condenas de hipoacusia por trauma acústico (ignorando que la acción de las máquinas deja una mueca característica a los 4000 Hz en las audiometrías) y ofrece un relato melodramático de un reclamo de indemnización millonaria por accidente de un trabajador ingresado 45 días antes.
 
Ahora bien, si el trabajador quedó cuadripléjico o muere por incumplimiento de la ley de seguridad industrial, la fecha de ingreso resulta irrelevante. De este modo se presenta como víctima al causante del daño. Y la advocación a la seguridad jurídica parece olvidar que nada hay más propio que el cuerpo de uno mismo.
El poder económico concentrado sigue pensando –como en el siglo XVII– que el hogar de un inglés es su castillo y que, como decía Locke, el cabeza de familia es un monarca absoluto aunque con su poder limitado al ámbito de su propiedad. En ese ámbito de lo doméstico están la relación entre el señor y su mujer, entre padres e hijos y, fundamentalmente, entre el patrón y sus empleados.
Pero en el mundo sucedió una conmoción muy grande que tomó el nombre de Revolución Francesa que, entre otras cosas, señaló que el dominio sobre las cosas no importa poder sobre las personas, que el poder de la ley –expresión de la soberanía del Pueblo– afecta por igual a todos los ciudadanos. En ese nuevo marco de legalidad se hace posible el cuestionamiento del carácter absoluto de “lo doméstico” y salen a luz los nuevos antagonismos. En particular, la grieta que divide a los que ponen en el contrato su fuerza de trabajo y quienes –porque tienen medios y objeto de producción– se apropian de su producto.
Hasta se puede decir que el devenir histórico desde entonces es el de la disolución paulatina de estos poderes domésticos absolutos: los derechos de los niños, la lucha por la igualdad de género y la opción sexual y, en lo que a nosotros nos atañe, la relación entre los patrones y empleados. 
Ese intento de sutura, en este ámbito, asume el nombre de derecho del trabajo que implica no sólo remuneración justa, jornada limitada, descanso pago, protección contra el despido arbitrario sino también y fundamentalmente, libertades sindicales en sus aspectos individuales y colectivos que son manifestación del antagonismo, son siempre un contrapoder que exige la democratización de las decisiones en la empresa.
Hacer derecho de trabajo es afirmar que la propiedad sobre las cosas no es dominio sobre las personas, que el contrato de trabajo no es un punto de partida, sino punto de llegada como consecuencia de la distribución desigual de las potestades sociales, que el trabajo en una sociedad democrática y republicana es siempre el trabajo digno y que el trabajador, al ingresar a la empresa, no deja en la puerta su condición de ciudadano. Por esta razón el Derecho del Trabajo tiene por objeto levantar las persianas de la fábrica para que penetre allí la Constitución. 
Los cultores del absolutismo doméstico sólo pueden ver la existencia misma del derecho del trabajo como una excrecencia en el discurrir ilimitado de las relaciones de mercado. Para ellos el nombre de las relaciones del trabajo transcurre bajo el signo de lo precario, etimológicamente lo que se obtiene con ruegos. Exactamente lo contrario del derecho del ciudadano.
No olvidemos que para Milton y Rose Friedman, los divulgadores del neoliberalismo, sólo hay algo peor que una burocracia ineficaz y corrupta: una burocracia honesta y eficaz. Esto explica los embates contra el derecho del trabajo y sus instituciones.
Pero deben recordar, como en Germinal, que el chirrido de las máquinas que acompaña el relato no es la producción subjetiva de los agitadores, es el grito objetivo del antagonismo que, para evitar la catástrofe, requiere de sutura.
(*) Juez catamarqueño. Integrante de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo.
Fuente: http://www.elesquiu.com/correoyopinion/2017/7/1/grieta-derecho-trabajo-252976.html
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Una influencia determinante

1 julio 2017

San Fernando del Valle de Catamarca, Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Historia y política.

Fuente: http://www.elesquiu.com/editorial/2017/7/1/influencia-determinante-252997.html

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DESDE LA BANCADA PERIODÍSTICA

Mañana cumple 87 años Carlos Saúl Menem, actual senador nacional por La Rioja, quien lejos de buscar el solaz del retiro, se encuentra en plena campaña para postularse a un nuevo mandato en el Congreso de la Nación.
¿Por qué detenerse en su figura, en un espacio mayormente dedicado a la política y la vida social e institucional de Catamarca? Porque se trata de la persona nacida fuera del territorio catamarqueño que más influyó en la historia provincial reciente, y dejó una huella tan profunda en los últimos 30 años, que sin su paso sería otra la realidad actual de Catamarca.
Carlos Menem, que ya había sido electo tres veces como Gobernador de La Rioja, y había pasado cinco años preso durante la dictadura, asumió como Presidente de la Nación el sábado 8 julio de 1989, y dejó el cargo el viernes 10 diciembre de 1999: gobernó el país durante 10 años y 155 días. 
Ningún argentino en la historia se mantuvo ininterrumpidamente tanto tiempo como presidente del país. 
Incluso si se sumaran las tres presidencias de Perón, no alcanzarían la extensión del mandato de Menem. Julio Argentino Roca llegó a gobernar 12 años, pero con un intervalo de más de una década entre su primera y su segunda presidencia.
Podrá suponerse que cualquier década que se tome al azar de los últimos dos siglos permitirá encontrar repercusiones de las políticas nacionales en la Provincia, pero el caso de Menem es diferente, porque va mucho más allá de los naturales efectos o impactos de las medidas de un gobierno central sobre los distritos que lo integran.
Menem tuvo una relación estrecha, directa y personal, tanto con Catamarca como con distintas familias catamarqueñas, y esos vínculos se remontan mucho más atrás de su llegada a la Presidencia, y continuaron mucho después de que dejara el sillón de Rivadavia.
La proximidad geográfica con La Rioja, la coincidencia de sus orígenes con los de otras familias de inmigrantes afincadas aquí, las relaciones entre norteños que florecieron en su época de estudiante en Córdoba, y también lazos familiares, comerciales y, desde luego, políticos; hicieron de Catamarca algo más profundo que un lugar de paso para el ahora legislador nacional. Vino muchísimas más veces que cualquier otro mandatario nacional: antes, durante y después de ser presidente. Y la mayoría de las veces su llegada ni se hizo pública.
Menem es indiscutiblemente una de las grandes figuras de la historia del peronismo. Pero hay una realidad innegable: su presidencia no fue peronista. Fue un liberal-conservador desde el primero hasta el último día de su gestión en Casa Rosada.
El notable cambio que experimentó en su imagen y fisonomía bien podría ser una metáfora de los cambios que evidenció en sus políticas.
Menem llegó a presidente con su melena y sus patillas, emulando al caudillo Facundo Quiroga, bajo la promesa de la Revolución Productiva y el Salariazo, con un disurso dirigido esencialmente a las clases medias y bajas, castigadas por los desaciertos económicos de la etapa de Raúl Alfonsín, que derivaron en la caótica hiperinflación y el final anticipado seis meses para el mandato del gran demócrata de Chascomús.
Menem asumió como peronista, pero al asumir hizo todo lo contrario de lo que prometió. Así como recortó su cabellera y prolijó su aspecto, se desprendió de los mandatos del justicialismo. Inmediatamente se rodeó de las máximas figuras de la Unión de Centro Democrático que lideraba entonces Alvaro Alsogaray. Y fue la UCD quien aplicó todas sus teorías y doctrinas en la gestión económica.
“Si Perón viviera haría lo mismo”, se defendía el líder riojano por entonces, mientras mandaba a privatizar todo lo que Perón había estatizado. Aplicó un ajuste insensible, huérfano de todo sentido social, reducido en aquella sentencia de “ramal que no rinde, ramal que cierra” que mató a pueblos enteros al privarlos del ferrocarril.
Dueño de un carisma pocas veces igualado, Menem permaneció más de diez años en el poder porque desplegó toda su seducción y picardía sobre los más fuertes estamentos de poder. Puso su gestión al servicio de los poderosos que podían llegar a incomodarlo, y destruyó a cualquiera que sugiriera quejarse desde abajo.
Decapitó a la Confederación General del Trabajo que conducía Saúl Ubaldini, destruyó las pequeñas economías y maltrató a la industria nacional, pero indultó a los militares y abrió un abanico de negocios fabulosos para el gran empresariado. 
Su equipo económico, que tendría en Domingo Cavallo al protagonista e ideólogo excluyente, implementó ese extraño Plan de Convertibilidad, que les hizo creer a los argentinos que un Peso era igual a un Dólar. Una realidad ficticia que implicaría desastres para las economías provinciales y hogareñas, y que explotó cuando la impresión de bonos y “títulos al portador” llevó a circular casi treinta monedas virtuales en el país.
En ese lento desmoronamiento económico, se sucedieron innumerables hechos de corrupción, la mayoría de los cuales llevaron al florecimiento de nuevos y viejos ricos, y al cabo quedaron impunes. 
Menem construyó las famosas “relaciones carnales” con Estados Unidos de América, y con esa llave reabrió el diálogo con Gran Bretaña luego de la Guerra de Malvinas. Sufrió los dos mayores atentados terroristas de la historia, con los ataques a la Embajada de Israel y la sede de la AMIA en Buenos Aires.
Sufrió la pérdida de su primogénito en plena presidencia, vio volar la Fábrica Militar de Río Tercero y siguió vendiendo y vendiendo: desde YPF a Gas del Estado, desde los teléfonos a las rutas, desde Aerolíneas Argentinas hasta el Correo, pasando por medios de comunicación y hasta el Banco Hipotecario Nacional.
Reformó la Constitución Nacional y selló con Raúl Alfonsín el Pacto de Olivos que le allanó el paso a la reelección. Intentaría también ir por un tercer mandato, pero ya comenzaban los efectos de la recesión económica, y la salida a luz de múltiples negociados con las privatizaciones debilitaron notablemente su imagen. En su tercer postulación presidencial, no obstante, sería también el más votado. Pero los números no alcanzaron en primera vuelta y desistió presentarse al balotaje con Néstor Kirchner.
Jaqueado por causas judiciales, cayó al escalón más bajo cuando intentó recuperar la gobernación de La Rioja, y terminó tercero detrás de otros dos candidatos peronistas. Con el paso de los años, la pasión que despertaba, a favor y en contra, se fue apagando.
Su relación con Catamarca dio lugar a un caudal infinito de teorías y leyendas. Son muchas las hipótesis que intentan explicar las razones por las cuales, después de haber llegado a la Presidencia de la mano de Vicente Leonides Saadi, terminó ejecutando políticamente a su hijo Ramón. Se mencionan desde deudas e intereses económicos, hasta una medida drástica para impedir la proyección nacional de quien fuera el más joven gobernador catamarqueño.
Parte de Catamarca lo vio en ese 1991 como un traidor. Pero Menem recompuso su relación con la Provincia. Como cuando llegó al Gobierno nacional, hizo nuevos amigos y se fortaleció.
En Catamarca no habría nacido el Frente Cívico y Social de no haber intervenido Menem para cortar la hegemonía peronista, que no corría riesgo en las urnas. Y debieron pasar 20 años para que el peronismo se recuperara de ese golpe.
Pero también fue Menem quien abrió la puerta a la explotación minera, al participar activamente en la puesta en marcha del yacimiento Bajo La Alumbrera, que tantos frutos daría a la clase política de la época (a nivel nacional y provincial), y tan poco dejaría en la comunidad.
También impactó Menem con su dictado privatizador, y escándalos como las jubilaciones de pantalones cortos en la Provincia, cuando el viejo Instituto Provincial de Previsión Social (IPPS) pasó a manos nacionales y las autoridades del momento aprovecharon para regalar jubilaciones a mansalva.
Carlos Saúl Menem es una pieza clave para entender las últimas décadas de la vida política e institucional de Catamarca en el pasado reciente. Su impronta está en la historia, aunque hoy otros acaparen amores y odios, y su figura no tenga mucho más peso que el de un recuerdo.
 
El Esquiú.com