JAURETCHE, ante todo un MAESTRO de lo NACIONAL

30 enero 2015

C.A.B.A., Argentina, UNASUR-CELAC, de nuestra redacción.

En Prosa de hacha y tiza, bajo el título “los novios asépticos de la revolución”, citó una frase del Profesor Silvio Frondizi que dice: “Hasta la aparición del Partido Comunista, el Socialista fue le único partido de base científica”. Esto desencadenó mi siguiente comentario: “Dado el éxito del Partido Socialista habrá que convenir que en la Argentina la ciencia sirve para todo menos para hacer política, o que este es un país anti-científico”.

Arturo Jauretche-Manual de las zonceras argentinas -Pág. 104

Foto de V.L.M.Por Victor Leopoldo Martinez(*)

“FUI UN AFORTUNADO”

En materia pedagógica, las enseñanzas y el pensamiento de Arturo Jauretche están presentes en todos mis trabajos. Fue uno de los tres grandes maestros, hoy todos ellos ausentes, que tuve; los otros dos, Gustavo Francisco Cirigliano y Paulo Freire. Orgullosamente sostengo esto desde mi condición docente y humilde aprendiz de sus enseñanzas, además de ser un loco que intenta vanamente constituirse en otro de sus discípulos.

Voy a focalizar esta semblanza de don Arturo en la importancia que tuvo para él lo educativo, algo que a través de sus textos me trasmitió. Es un tema con el que siempre estuve vinculado de “oficio” (1) y comencé a conocer de manera medianamente seria, o mejor dicho a descubrir la seriedad del mismo, cuando él tuvo la osadía de mostrarlo íntimamente ligado a nuestra falta de independencia mental a la hora de pensar lo nacional.

Jauretche encontró en la educación el nudo gordiano de nuestros males culturales, algo que aún hoy nos sigue privando de tener una identidad definida. En homenaje a él -con poca modestia y mucha pedantería de mi parte al tratar de emularlo- titulé mi último trabajo sobre educación: “Guarda-Polvos, aorta pedagógica de la dependencia” (2).

Fui un afortunado al conocerlo personalmente. Desde el momento que escuche por primera y única vez una brillante “clase” suya sobre pensamiento nacional, mi visión del valor de la educación que hasta ese momento estaba asociada exclusivamente a lo “académico”, cambió radicalmente; dio un giro de 180º y se instaló en su lógico y correcto lugar, el político. Este fortuito encuentro ocurrió luego del triunfo del peronismo en aquel 11 de marzo de 1973 y previo a la asunción del “Tío” Cámpora, disertación que disfruté junto a mi inseparable ladero Pedro del Arrabal en un saloncito del sindicato de Luz y Fuerza de la calle Perú al 800 de esta Capital Federal.

Hasta ese momento y desde el año “70” del siglo pasado había sido un simple pero ferviente militante callejero de la JP en este Bs.As.(ni siquiera universitario que en ese momento lo era pero prefería militar en mi laburo y barrialmente). No tenía una clara conciencia de la disociación que existía entre universidad y sociedad-país; pero escuchar hablar a compañeros militantes que actuaban en mi facultad en contra de la “burocracia sindical” me pegaba como muy disonante, independientemente de que en algunos casos fuera cierto y en otros una simple infamia. La formación peronista recibida de mi abuela materna había internalizado en mi la idea de que la clase trabajadora argentina (todos sindicalizados) constituía la columna vertebral de movimiento justicialista; “Lo dice Perón” me aclaraba. En ese entonces yo era un simple laburante a lo que le sumaba mi condición universitaria, única forma de poderme mantener y estudiar al mismo tiempo. Escuchar a mis pares de facultad hablar en contra de los dirigentes sindicales era como hablar mal de los laburantes; yo lo era. Junto a mis compañeros de yugo, todos “cabecita negra” como yo, no lo sentíamos justo. Había una historia de resistencia peronista encabezada por trabajadores y dirigentes gremiales; muchos de ellos perseguidos, encarcelados, asesinados después del “55” y eso constituía parte de la historia que habiamos mamado en los estratos populares de donde proveníamos. Ese trato despectivo para con los laburantes generaba en mi desconfianza que hizo en primera instancia que me alejara de la militancia universitaria.

Fue aquella charla de Jauretche la que casualmente me impulsó a “parar la bocha”, ese el momento en que comencé a desandar el camino que me había llevado a ser un maestro zonzo (17 años iba a cumplir cuando me recibí de Maestro Normal Nacional en mi lejana y amada Catamarca donde había sido capacitado y profesionalizado para enseñar zonceras técnicas y falsedades históricas como verdades absolutas por el supuesto “rigor científico” que las avalabas).

Aquel día inicié mi transitar inverso -a contramano- por la senda recorrida con anterioridad a través de la educación formal. En ese regreso y gracias a los señalamientos puntuales que aparecían en los textos de don Arturo fui descubriendo todos y cada uno de los grandes baches que existían en la empedrada senda por donde se había deslizado la historia oficial y el conocimiento en general montados ambos en carros tirados por sirvientes fieles… fieles a los intereses imperiales de turno. Jauretche me “avispó” la mirada y gracias a eso pude encontrar la olla pedagógica donde se había cocinado el elixir hecho “pensamiento cipayo”,   con el cual nos inoculaban “desde nuestra más tierna infancia y en dosis para adultos” como socarronamente sostenía él.

Mirado a la distancia y con no poca nostalgia casualmente, uno lamenta que salvo esa honrosa excepción que constituye por si solo el querido Maestro, compañero y amigo Norberto Galasso, hoy por hoy y en nuestro medio no existan pensadores e intelectuales nacionales -con la excepción señalada- de la talla de un Jauretche. Solo un talentoso como él pudo superar en su época esa colonización pedagógica tan bien estructurada por “tatita Bartolo Mitre” y apadrinada por un ambivalente Dominguito Sarmiento (que con sus “chupa mortajas” aún hoy siguen jodiendo).

Leyendo y releyendo sus escritos no resulta difícil imaginar el perfil del joven político que fue. Acodao en una pulpería de pueblo o en un bar de Av. de Mayo y agudizando su mirada, solo un tipo curtido por el barro, a puro estaño y adoquín como Jauretche pudo ver lo que antes había visto José Hernandez; peribió algo muy distinto de esa Argentina acartonada que le habían presentado en los claustros de estudio. Desde esos lugares contempló el país real, su grandeza construida por hombres y mujeres cuyos nombres no figuraban en las guías sociales pero si en las telefónicas, necesario señalamiento hecho por él para “separar la paja del trigo” en materia de pretendidos hacedores de Patria. La figura utilizada no podía ser mejor aun sabiendo que la gran mayoría de los laburantes ni en esta última guía aparecían porque no tenían teléfono; se valió de ella para diferenciar a la parasita clase que se decía “patricia” del pueblo trabajador, constructor diario de la grandeza nacional y muy poco agraciado a la hora de distribuir sus riquezas. Jauretche vio y experimentó la miserable vida que padecía ese vulgo trabajador que habitaba zonas rurales y empobrecidos ejidos urbanos.

Arturo+Jauretche1

¡LA EDUCACIÓN…!

Gracias a él nos quedó claro por qué los egresados de nuestras universidades, la mayoría de las veces y en muchos casos aún hoy, siguen siendo fagocitados por un sistema estructurado por la clase dominante quien parió una educación en función de sus intereses, algo que según mi modesto punto de vista todavía no fue tocado en la profundidad que demanda la hora actual y el proyecto hoy en el gobierno.

La vigencia de aquellas observaciones realizadas en antaño por Jauretche lo muestran como el político patriota diferente que fue. En su obra “Los Profetas del Odio”, utilizando ejemplos concretos mostró claramente el apoderamiento de las cuestiones pedagógicas realizado por la clase dominante desde la génesis misma de la estructuración del sistema educativo nacional:

“La Reforma Universitaria (1918) creada por la primer presencia del pueblo en el Estado, se vuelve contra aquel una y otra vez. Así la reforma nació con Irigoyen, cuando el pasado, vencido por el país, se refugió en la universidad para aislarla como su reducto (Por eso la Reforma fue anti-católica en Córdoba y anti-liberal en Bs. As. y La Plata, correspondiendo a las características del sector dominante en cada caso que impedía la incorporación de la Universidad al país nuevo que empezaba). Por eso también fue uniformemente anti-Irigoyenista, volviéndose contra el movimiento nacional que la había generado; como después fue anti-peronista en la misma medida que perdía contacto con la realidad que se parteaba... …Así, el egresado universitario obtiene una “patente de corso”. Formado como profesional ninguna importancia tiene que se haya graduado en el país o en el extranjero; la técnica que maneja y domina es universal y su función en la vida es meramente aplicarla”.

Con esta sencillez explicaba Jauretche la falacia del valor universal de ciertos conocimientos y técnicas. El sentido común siempre le indicó la inutilidad de esa uniformidad de contenidos, simplemente porque las realidades político-sociales entre naciones y pueblos diferenciaban a estos notoriamente. En este mundo vienen convivíendo de manera forzada dominantes y dominados, cruel y lamentable realidad que la historia se encarga de mostrarnos a cada paso; quizá una consecuencia natural de ciertas debilidades humanas no superadas.

Los poderosos imperios nunca perdieron de vista la importancia del know how (conocimientos) y siempre lo valoraron adecuadamente. Invertían en investigación, o se apoderaban de él cuando no lo tenían; y si era necesario a través de la ocupación y la fuerza bruta. En algunos caso bajo el manto de una buena causa como fue la decisión de combatir al psicótico Hitler (“encanute” de científicos alemanes que estaban al servicio del Tercer Reich para apropiarse de sus conocimientos; y a ninguno de nuestros intelectuales se le ocurrió llamar a Roosevelt “pro-Nazi” como se lo calificó a Perón); o utilizaron el conocimiento como herramienta de dominación económico-comercial sobre los pueblos sojuzgados cuando lo poseían.

¡Y minga de compartirlo sin previo pago de royalty (regalías)!

Imperios… En sus planes jamás estuvo el no atentar contra la diversidad cultural y las diferentes idiosincrasias de los pueblos que caían bajo sus garras. Lo primero para ellos era apoderarse de bienes y riquezas naturales y lo segundo conseguir mano de obra barata para su explotación. El paso siguiente consistía en invadir culturalmente al dominado. Para eso solo se necesitaba buscar o generar “agentes cipayos”. ¡Que mejor que las casas de altos estudios para este cometido! En nuestro caso a ese conocimiento servicial se le llamó “Civilización”; todo lo que se oponía a esto fue calificado de “Barbarie”, y lógicamente la universidad con sus universitarios adentro siempre esquivaron la barbarie; de ahí la mentalidad cipaya de muchos de nuestros egresados.

La capacidad deductiva que poseía don Arturo le permitía concluir fácilmente que si lo universal no se adaptaba a lo nacional, lo correcto debía ser acudir a la creación original; “para eso tenían (y tienen) que estar las casas de altos estudios”, razonaba. En el fondo Jauretche siempre peleó con su pluma y militancia por un sueño: que nuestros universitarios miraran las necesidades de nuestro país y su pueblo y estuvieran dispuesto a poner los conocimientos adquiridos a su servicio; simplemente porque ese pueblo fue quien siempre solvento todos los estudios (primarios medios y “altos”). Creía en la lógica gratitud humana. Soñaba con un país que tuviera universitarios que por formación priorizaran el interés social y nacional por encima de lo rentable que pudiera resultar vender sus conocimientos técnicos y/o científicos poniéndolos al servicio de expoliadoras empresas extranjeras.

La educación y los conocimientos ¿eran bienes capitales, o sociales y nacionales? ¡Esa era la cuestión para Jauretche!

Otro de sus grandes hallazgos concretado gracias a esa aguda mirada que le permitía auscultar minuciosamente la cambiante realidad social argentina fue “el medio pelo”. Jauretche delineo a la perfección el perfil de dos nuevas creaciones locales surgidas de esa colonización cultural: El tilingo y el guarango, fieles exponentes de ese medio pelaje social argentino. Se trata de tristes híbridos culturales que siempre miraron con desprecio a nuestra “chicha” mientras convivían con la impotencia de no tener el pied de grue (pedriguee) necesario para saborear la “limonada”. Pueblan este sector desde intelectuales “progres” y liberales de izquierda que hacen cola para escribir en La Nación, hasta nuevos y mitómanos ricos que reniegan de su origen y se niegan a ver el origen y las razones de su ascenso social.

ABRIENDO SURCO CON AZADÓN NACIONAL

Fundador FORJA junto a Homero Manzi, Dellepiane, del Mazo, Dario Alessandro(Padre), Scalabrini Ortiz entre otros allá por el “35” del siglo pasado, Jauretche comienza allí a meter azadón abriendo surcos en las mentes argentinas con la esperanza que algún día florezca la Conciencia Nacional. Eran épocas donde el gobierno era para los “cultos”, y “bajo esa fachada se escondían los intereses antinacionales”, sostenía. Se refería nada más y nada menos que al cipayaje vernáculo enquistado en las clases pudientes a través del cual los intereses foráneos lograban mancillar, ultrajar no solo a bastos sectores sociales sino también los intereses nacionales. Corrían los años de la Primera Década Infame.

Su trabajo no fue en vano. Orgulloso por la tarea realizada y parado en la esquina de Perú y Av. de Mayo, el 17 octubre de 1945 contempló gustoso el paso de esa masa sudorosa que estaba pariendo un nuevo intento por hacer de este país una Nación Soberana. La “barbarie” comenzaba a olfatear la proximidad de la Justicia Social. Había aparecido un hijo de india llamado Juancito Sosa (Perón) que acaudillaba a los hijos de obreros de una Nación parturienta. Aquel 17 de octubre “la chusma” reclamaba la libertad del Gral. Perón. Ninguno de los manifestantes reconoció a don Arturo. Ese hecho lo ayudo a descubrir que todo estaba bien; esos que luego serían los “grasitas” de Evita, simplemente lo veían y sentían como uno más, “es otro de los nuestros” pensarían; para la grandeza de un Jauretche eso…, eso ya era suficiente.

Sin hacerse Peronista acompañó aquel movimiento de masas en la seguridad que no le pifiaba en todo lo relacionado con los intereses populares y nacionales. Aplaudió aquel intento del gobierno peronista -a pesar de su fracaso- por querer hacer de nuestras universidades las acompañantes del naciente movimiento nacional; redobló los aplausos cuando Perón creo la Universidad obrera, aquella que producía técnicos e ingenieros necesarios para el proyecto de país en marcha y cuyos títulos eran invalidados por los “académicos cipayos” que controlaban las universidades nacionales.

Con el cruel golpe militar del “55” se arrancaron las “flores de ceibos” que estaban en las universidades (así llamaba Jauretche a los docentes universitarios con conciencia nacional) para implantar las “Flores de Romero” (nombre que también le asignó Jauretche a todo ese profesorado cipayo que retornó a la universidad de la mano del “Socialista pro-libertadora” José Luis Romero a quien aquella sangrienta y cipaya revolución designo interventor en la UBA).

Sin embargo uno que otro profesor universitario -antiperonista desde ya- al poco tiempo de aquel golpe, sin reconocerlo y menos aún mencionarlo, terminó dándole la razón a don Arturo. Tal es el caso de Oscar Varsavky, aquel docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales que retornó a esa casa de estudios tras el golpe gorila y antipopular y a quien se le encomendó el control de los concursos docentes y los futuros nombramientos. Solo basta con transcribir fragmentos de una disertación de Varsavky en Caracas, allá por el año 1966 para corroborarlo:  “El resultado práctico de nuestros esfuerzos fue que “triunfamos”, digámoslo entre comillas (muchas personas siguen creyendo lo mismo; yo no). Lo que conseguimos fue estimular el cientificismo, lanzar a los jóvenes a esa olimpiada que es la ciencia según los criterios del hemisferio norte, donde hay que estar compitiendo constantemente contra los demás científicos, que más que colegas son rivales (“virtudes” del sistema capitalista señalaría yo) . Por eso no resulta extraño que ninguno de los muchos papers publicados por nuestros investigadores desde 1955 haya hecho adelantar notablemente ninguna rama de la ciencia. Si no se hubieran escrito, la diferencia no se notaría.” En lo personal no entiendo cómo una mente brillante como la de Varsavky pudo alguna vez creer que una simple publicación podía hacer adelantar a la ciencia. ¿Tan tarde se dio cuenta que en la valoración de los trabajos realizada por las editoriales que publican revistas científicas(¿?), estaba escondida otra “zoncera”? (3)

Anteriormente Jauretche ya había identificado a estos productos universitarios perfilados por Varsavky de la siguiente manera: “Trabajando en probetas o en laboratorios, en bibliotecas o archivos y oyendo clases magistrales, el egresado de nuestras universidades ingresa al mundo como el producto exclusivo de la probeta, el laboratorio, el libro o la lección magistral. Cuanto mas desvinculado de la realidad a la que pertenece esté, es más perfecto como técnico.”

Varsavky reconoce en la siguiente cita lo que Jauretche desde una postura más crítica respecto del inservible academicismo cientificista -básicamente por antinacional- ya sostenía: “Poco a poco la facultad se fue transformando en una sucursal de las universidades del hemisferio norte. En nuestros laboratorios trabajaba gente joven, muy capaz, becada al hemisferio norte apenas graduado. Recibían allí un tema de trabajo, y ahora de regreso en el país seguían con ese tema porque era lo único que sabían bien y lo único que les permitía seguir publicando.”

No puedo cerrar este paralelo sin volver a transcribir lo que el simple sentido común le indicaba a un brillante Jauretche: “Una universidad Argentina de esta naturaleza , solo será Argentina por su radicación geográfica y los lógicos productos de esa universidad serán contadores que manejan las cifras y los asientos falsos de las empresas, doctores en ciencias económicas que distribuyen las doctrinas de encargo que se importan, filósofos e historiadores que adecuan el pensamiento y la versión de la historia conveniente a esos mismos intereses, ingenieros que planifican y construyen sin vincular su obra con el destino nacional., médicos que curan a los enfermos sin buscar las raíces económicas y sociales de los males, y abogados y jueces que consolidan la estructura jurídica de la dependencia.”

En lo personal lamento mucho la ausencia de sus textos como lectura obligatoria en los claustro de estudio y en una necesaria asignatura que debería llamarse “formación de Argentinos”; lamento también la no utilización de su pensamiento como elemento disparador en talleres de reflexión, no solo en enseñanza media sino y básicamente en las universidades; exigible esto último en todas las carreras, aún sabiendo que a los integrantes de las Academias de Educación, Ciencias e Historia, esto les revolvería las tripas; con mayor razón lo debemos hacer por este motivo. En una de esas se les hace un favor y de esa manera se sacan del entripao los restos de pensamiento cipayo que les queda para así comenzar a sanar sus mentes empezando a ser más argentinos.

Arturo Jauretche fue y seguirá siendo otro gran patriota dentro de la memoria popular; no solo en términos nacionales sino Latinoamericano. El antinacional discurso dominante fijado por agenda desde los monopolios mediáticos, bajado por periodistas que impúdicamente dicen defender la libertad de prensa y expresión cuando son ellos los que trabajan en su contra actuando mercenariamente a favor de intereses económicos monopólicos y corporativos, es otra prueba del por qué para el “Jauretche periodista” era tan importante una educación que apunte esencialmente a formar más y mejores Argentinos por encima de formar periodistas premiables para un stablishmen, o brillantes científicos que de argentino solo tengan el rótulo asentado en el item “nacionalidad” en su pasaporte internacional.

Si como pueblo y con trabajo no logramos -porque no nos dejarán tan fácilmente- construir esa gran Nación a la que aspira la gran mayoría silenciosa, Nación liberada y con justicia social para su pueblo, al menos no renunciemos a dar hasta nuestra vida si es necesario en todos los intentos que sean necesarios para que alguna vez el habitante de esta tierra sea lo que siempre debió y quiso ser, ARGENTINO Y LATINOAMERICANO; en honor a San Martín, Irigoyen, Perón, don Arturo Jauretche y tantos otros patriotas.

Notas

(*) Director de EL EMILIO.

(1)Así denominó despectivamente a la tarea del maestro el ex ministro de Educación J.C. Tedesco de esta gestión “kirchnerista” argumentando que los maestros no eran profesionales y se dedicaban a “eso”(la docencia primaria) por ser “universitarios frustrados”.

(2)Obra en tres tomos publicada por Ediciones El Emilio en el 2012. Triunvirato 3971, Dto “C” C.A.B.A. Tel cel:111555134976; fijo: 03834426714.

(3)“Cualquier trivialidad puede hacerse publicar en alguna revista internacional con solo tener un conocido en el cuerpo editor”, manifestó Varsavky en esa misma disertación. A confesión de parte, relevo de pruebas.


“LAS FLORES DE ROMERO” y “LAS FLORES DE CEIBO”

27 marzo 2009

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Por ARTURO JAURETCHE (*)

Conviene tener presente que el texto se este capítulo es de las ediciones de 1957 y en él se habla de ese momento. En El Medio pelo en la sociedad argentina se ha recordado que la “flor de ceibo”, muchos años atrás consagrada como la flor nacional, y tal vez por ese carácter, constituyó un símbolo peyorativo para denigrar nuestra producción industrial sustitutiva de la importada, y que la expresión se extendió en la Universidad para calificar a los profesores de tendencia nacional que habían sustituido a los tradicionales, liberales y de izquierda, que haciendo causa común habían hecho abandono de la cátedra en la solidaridad de toda la “intelligentzia” contra la irrupción de lo popular. La expresión “flor de romero” para designar a los profesores impuestos por la Revolución Libertadora en sustitución de los “flor de ceibo” nace del nombre del interventor de la Universidad de Buenos Aires, el socialista democrático Dr. José Luis Romero, que fue el ejecutor de la medida, pues en el contubernio de la izquierda y derecha que es la “intelligentzia”, los liberales que se apoderaron de las direcciones económicas y políticas, resignaron en los grupos socializantes de la extranjería en el manejo de la Universidad, lo que prueba una vez más, cómo para la estructura económica y política oligárquica y dependiente, la izquierda no representa un peligro cuando el que amenaza es el país verdadero. Por el contrario, ésta cumple la función diversionista que en lo intelectual permite desviar hacia soluciones y críticas importadas.

Así no sólo fueron expulsados de la Universidad los profesores “flor de ceibo”. También se les prohibió competir. No serían tan “flor de ceibo” como técnicos, por cuanto se los excluyó de la participación en los concursos. ¿Se temía su competencia?

En efecto. El decreto 6.403 del Gobierno del General Aramburu estableció en el Artículo 32: “No serían admitidos al concurso quienes hayan realizado actos positivos y ostensibles de solidaridad con la dictadura, que comprometan al concepto de independencia y dignidad de la cátedra.” Esta es la actitud de los liberales y ahora viene la de estos “marxistas”.

José Luis Romero como interventor de la Universidad de Buenos Aires produce otro decreto destinado a precisar más el alcance de la medida: “Los que hayan propuesto o participado en actos individuales o colectivos, encomiando la obra de la dictadura, realizados dentro o fuera de la universidad, invocando o no su condición de universitarios.”

Es que lo que importa es que la Universidad cumpla su papel como expresión de la “intelligentzia”; no importa su orientación siempre que no sea nacional. El pretexto es la “dictadura” y dictadura es toda manifestación auténtica de lo popular en cuanto desborda las estructuras creadas para el país, por eso “intelligentzia”. El pretexto puede ser Perón, como lo fue Irigoyen. El objeto es el monopolio de la universidad por el pensamiento anti-racional y en eso están de acuerdo, en el momento crítico, las alas de la intelligentzia.

LOS PROFETAS DEL ODIO

La enseñanza superior cumple entre nosotros la función de resolver el problema económico de los hijos de las minorías y parte de las clases medias y extraer, accidentalmente, algunos elementos calificados del seno del pueblo para incorporarlos. Carece de finalidades sociales más amplias y lógicamente carece de finalidad nacional.

LA REFORMA UNIVERSITARIA

Al tratarse el tema de al enseñanza superior es imprescindible tener presente la Reforma Universitaria porque si el anti-reformismo es el signo de la universidad de espaldas al país –simple fábrica de técnicos-, el reformismo, en la desnaturalización del movimiento original, ha terminado por ser un concurrente a la función negadora.

Aquí conviene señalar que la Reforma ha dado mejores frutos en el resto del continente que en nuestro país, pues allá representó una aproximación del universitario a la realidad inmediata, mientras que aquí principió por desconocer y contradecir el hecho histórico que le daba nacimiento.

La Reforma Universitaria, creada por la primer presencia del pueblo en el Estado, se vuelve contra aquel, una y otra vez. Así la Reforma nació con Irigoyen, cuando el pasado, vencido por el país, se refugio en la Universidad para aislarla como su reducto. (Por eso la Reforma fue anti-católica en Córdoba, y anti-liberal en Buenos Aires y La Plata, correspondiendo a las características del sector dominante en cada caso que impedía la incorporación de la Universidad al país nuevo que empezaba). Pero fue uniformemente anti-yrigoyenista, volviéndose contra el movimiento nacional que la generaba, como después fue anti-peronista, en la misma medida que perdía contacto con la realidad que le parteaba. El Fracaso de la Reforma fue que no supo integrar la Universidad en el país, esto sin descargar los errores de conducción de los procesos, frente al estudiante.

El desiderátum entonces es una Universidad aséptica, depurada de toda preocupación vinculada con el destino de la comunidad y, por consecuencia, de la nación, a la que da expertos despreocupados de los fines de la técnica y el resultado de su aplicación.

El egresado de esa Universidad obtiene lo que en un número anterior he llamado una “patente de corso”. Ha sido formado como profesional para su aprovechamiento, y en la etapa de su vida en que se forma como hombre, ha estado al margen de todas las preocupaciones e inquietudes que lo vinculan al destino del pueblo y el país al que pertenece. Trabajando en probetas o en laboratorios, en bibliotecas o archivos, y oyendo clases magistrales, ingresa al mundo como el producto exclusivo de la probeta, el laboratorio, el libro o la lección magistral. Cuanto más desvinculado de la realidad a que pertenece, es más perfecto como técnico. Ninguna importancia tiene que se haya graduado en el país o en el extranjero: la técnica que domina es universal y su función en la vida es meramente aplicarla. Tampoco se le puede pedir otra cosa, pues no es un hombre como los demás; asépticamente aislada toda su adolescencia y juventud, se diferencia de los otros adolescentes y jóvenes, a quienes su actividad específica no los aísla de al vida sino que por el contrario los hace actores. Es el único argentino cuya juventud ignora la política.

Una Universidad Argentina de esta naturaleza, sólo será argentina por su radicación geográfica, y el lógico producto de esa Universidad serán los contadores que manejan las cifras y los asientos falsos de las empresas, los doctores en ciencias económicas que distribuyen las doctrinas de encargo que se importan, los filósofos e historiadores que adecuan el pensamiento y la versión de la historia conveniente a esos mismos intereses, los ingenieros que planifican y construyen sin vincular su obra con el destino nacional, los médicos que curan a los enfermos sin buscar las raíces económicas y sociales de los males, y los abogados y jueces que consolidan la estructura jurídica de la dependencia.

El país necesita una Universidad profundamente politizada; que el estudiante sea parte activa de la sociedad y que incorpore a la técnica universalista la preocupación-por las necesidades de la comunidad, el afán de resolverlas, y que, por consecuencia, no vea en la técnica el fin, sino el medio para la realización nacional.

Esta es la disciplina de la técnica dentro del pensamiento nacional que lleva la vida a la técnica y permite que sus aportes universales se nacionalicen, se filtren, se acomoden con la sociedad que la va a utilizar. Es decir, todo lo contrario de lo que significa la despolitización de la Universidad, que es su aislamiento como simple fábrica de expertos, sin otro espíritu que el de la “intelligentzia” –es decir el de la idea básica de la misma desde su origen, que identifica instrucción co0n educación y civilización con cultura.

(*)Ver nota “Varsavsky y Jauretche – Universidad y Ciencia” en el Nº 10 de nuestra revista en: http://www.revistaelemilio.com.ar