El juego circular de la memoria selectiva

Catamarca, Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, EL ESQUIÚ.com, El país del Interior

Desde la bancada periodística

Lucia Coorpacci

Cuando los tiempos electorales apremian, en un país donde no existen reglas democráticas claras, resulta casi normal que se apele a las bajezas para denostar a un rival. Se lo hace por la diatriba o en la forma más sofisticada, por la deformación de los hechos históricos.
Sobran los ejemplos en el país y en la provincia para reafirmar esta práctica que, a contramano de los avances del sistema, parece extenderse desde consultoras hasta asesores de imagen, pasando -lógicamente- por los propios dirigentes.
Sólo por hablar dentro del período democrático que arrancó en 1983, muchos recordarán la falsa denuncia contra Enrique Olivera, dirigente radical que fue jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, a quien en plena campaña electoral le achacaron tener una cuenta no declarada en el exterior. Algo parecido a la reciente denuncia contra Máximo Kirchner y Nilda Garré que, hasta ahora, no pudo ser demostrada.
También podría aludirse a las tácticas non sanctas que en contra del consultor ecuatoriano Durán Barba fueron denunciadas en la Justicia por Daniel Filmus cuando era candidato.
Sin embargo, los ataques más comunes tienen que ver con los vaivenes políticos, de los que se aprovechan algunos con la idea de conseguir rédito personal o por lo menos, justificar conductas propias. Cambiarse de bando, por convicciones y no por conveniencia, no es pecado capital. Aparte, ¿por qué permanecer donde alguien no se siente cómodo?

Los 20 años del Frente Cívico

En Catamarca, por raro designio, las mayores pujas tienen como protagonista a los dirigentes del Partido Justicialista, nada menos que el eje del Frente para la Victoria, la formación kirchnerista que gobierna desde 2011.
Las diferencias se aceptaban cuando mordían la frustración de estar lejos del trono, nunca cuando lo tienen en sus manos.
Los radicales, que conforman la principal oposición -por no decir la única-, aparentemente no sufren demasiado el síndrome acusatorio que se relaciona con las deslealtades.
Todo esto tiene su explicación y su origen, al que hay que ubicar tres décadas atrás.
En ese entonces, contra la voluntad manifiesta de la ciudadanía y en una arremetida totalmente antidemocrática, el peronismo le sacó al radicalismo la reforma de la Constitución y lo ignoró, orgánicamente, como fuerza parlamentaria.
A aquel escándalo, le siguieron otros peores, hasta que la UCR -o el FCS, que recién nacía- capturó el gobierno y el poder. Allí comenzó otra historia, pero la grieta ya estaba abierta.
No solamente la UCR, como desquite, le robó bancas al PJ (así cambió la voluntad popular y la mayoría senatorial del año ‘91), sino que utilizó a la Justicia como variable para disciplinar a cualquier opositor que osara revelarse contra el poder. De esa forma, fueron varios los denunciados que, con esposas en sus muñecas o ingresando a los tribunales en medio de uniformados, sufrieron las consecuencias de una persecución que no buscaba precisamente justicia, sino más bien cooptación o las más de las veces, escarmiento, cuando no la conversión al credo político que ocupaba la Casa de Gobierno.
En medio de este juego de perversidad, lamentablemente para el peronismo, surgieron miserias y bajezas humanas. La gran mayoría de sus dirigentes -con excepciones que pueden contarse con los dedos de las manos- se rindieron ante el poder y hasta por mendrugos, ofrecieron sus servicios al amo de turno.
Así se quebrantaron los cimientos de la democracia. Los partidos políticos que, aunque fuera de vez en cuando, negociaban temas de interés para la provincia en los ‘80 no se reunieron nunca más.
Vamos para los 30 años en que, oficialmente, ningún gobernador convocó a la oposición o ésta pidió alguna reunión y fue atendida. De fotos, ni hablar.
¿Para qué tomar iniciativas de esta naturaleza si, desde 1991 a 2011, resultaba más fácil extorsionar o comprar a los dirigentes “opositores”, la mayoría de los cuales hasta se ofrecía a “colaborar”?

Peronismo autodestructivo

Estas y no otras son las causantes de algunas internas o heridas que no terminan de cicatrizar dentro del peronismo. Cuando surgen las diferencias en el frente gobernante, desde cualquiera de sus bandos surge el impulso de acusar al otro de viejas deslealtades y el Frente Cívico, que sabe lastimar, las aprovecha muy bien.
El problema es que a la hora de los ataques, cada cual acomoda su discurso como mejor le conviene. Esto es, ejercita la memoria selectiva que, obviamente, no es buena memoria.
Así tenemos a varios dirigentes, plenamente identificados con el peronismo, que acusan al kirchnerismo de haberse aliado con el radicalismo y a otros que revuelven el pasado hablando de los traidores que formaron en 1991 -con la colaboración de Prol y el menemismo- el Frente de la Esperanza (el famoso “Fenca”), aquella alianza que le sirvió el triunfo a los radicales.
Después tenemos asociaciones de dirigentes, legisladores y exlegisladores con funcionarios del Frente Cívico que, supuestamente, coordinaban para actuar en grandes decisiones o elecciones internas largamente “truchas”. Muchas de estas cosas las denunciaron las paredes de la Capital, donde escribían quienes estaban censurados por los medios de comunicación que, por las dudas haga falta aclarar, no eran pocos.
En esta especie de guerra santa que sostiene la dirigencia peronista, se desenvuelve el gobierno. Tiene que hacer malabarismos para contenerlos a todos los que participaron de un pasado no precisamente edificante y que, todavía hoy, puede observar un poder de fuego para hacer daño y favorecer al adversario.
El resultado de las próximas elecciones, para muchos, depende de esto. De que el peronismo, con la excepción ya resuelta de Luis Barrionuevo, puede llegar unido. Su triunfo o derrota, entonces, tendrá que ver con una dirigencia que, aún después de cuatro años de gobierno, sigue atada a un pasado de oprobio.

La herencia no querida

En medio de la gran interna peronista, que viene desde el pasado, paradójicamente la gobernadora y doble conductora de las siglas partidarias -PJ y FPV- no participó de los acontecimientos que originaron aquella interna. Cuando el peronismo, al perder el gobierno, explotó en pedazos, ella estudiaba o comenzaba a ejercer como médica. Es más: nadie del ambiente político la conocía o la imaginaba laudando en una pelea que, ni por casualidad, fue suya. ¿O por ser hija de una tradicional familia peronista estaba comprometida?
Aquí volvemos al inicio. A la hora de atacar -o pretender hacerlo-, la más de las veces se deforma la verdad. El sindicalista José Luis Barrionuevo, en otra de sus rasantes visitas a la provincia, acaba de acusar que la mandataria participó del Frente Cívico en su calidad de vicegobernadora (2007-2009). Se trata de una falsedad. Ella inició su carrera política en el kirchnerismo y éste, por mandato de Néstor Kirchner, aceptó la alianza que le propuso en 2007 el entonces radical K Eduardo Brizuela del Moral -los otros eran Cobos, Colombi, Gerardo Zamora y Saiz-, quien, obviamente, era más kirchnerista que la propia Lucía. ¿Cuál es la traición que puede haber cometido con el peronismo si, hasta ese momento, no tenía relación ni militancia alguna?
Para peor, en aquella elección, Barrionuevo aceptó ser candidato del PJ a sabiendas que perdía (quedó a cerca de 40.000 votos de la fórmula Brizuela-Corpacci) y cuentan los que saben de negociaciones secretas que el rol de partenaire tuvo su precio, pactado con la Rosada.
Menos ruin que esta supuesta deslealtad, aunque sea igualmente falsa, la profirió el diputado Víctor Luna al terminar la asamblea legislativa del 1 de mayo, cuando aseveró: “Me sorprende la actitud de la gobernadora teniendo en cuenta que ella fue parte del Frente Cívico”. Luna sabe, mejor que nadie, que las cosas fueron exactamente al revés: el Frente Cívico, por decisión omnímoda de Eduardo Brizuela del Moral, fue parte del kirchnerismo que batió en las urnas a Barrionuevo.
A escasos días, cuando mucho meses, de las elecciones, seguramente aflorarán tergiversaciones de esta naturaleza, en las cuales abundarán las mentiras, las ofensas gratuitas, los datos inciertos o directamente inventados. Nosotros, aunque sea solitariamente, estaremos prestos a enfrentar a la memoria selectiva, muchas veces más peligrosa que la ausencia de verdad. Para tratar de colocar las cosas en su justo punto, naturalmente, no importará el nombre ni la pertenencia partidaria de los involucrados.

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